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Puerto Apache


Siéntelo

Cada vez que voy a verle los nervios me revolucionan, el otoño se me enflorece y hasta el invierno se me acalora. La ilusión no se desprende por más año que vayan pasando. Temporadas en tercera, en segunda bronceada, las liguillas, las permanencias alcanzadas con sudor y fe perenne, los desaires vecinales, los hermanamientos más sinceros. Sus derrotas que son mías, sus victorias merecidas, empates de conformidad, con sabor a poco, resultados que vivimos con un cariño entusiasta.

Vienen porque vinieron, malas rachas, llegan porque se dan, infortunios en batallas, contra rivales menores, contra iguales y mayores, triunfos que vienen tras arduas luchas sin cuartel, sin descanso, que dan confianza. Todo siempre con tesón, sin perder la noción de quién se es y de donde se quiere llegar.

Cambian hombres y nombres, cambia la suerte pero el espíritu continúa, así debe ser. El octogenario rojiblanco no se nutre del prestigio de terceros, no vive de alabanzas, ni de oídos regalados, su supervivencia no se halla en presupuestos elevados, ni en fichajes de divisiones estelares, la experiencia lo demuestra. Sólo la energía que otorga la lucha más sincera, volcada en la constancia en un propósito claro y definido y en la identificación con los colores que alumbran su ser, sólo ahí estará la continuidad, el futuro de este club que nos asiste.

Un año más, con la ayuda de muchos, pese a la indiferencia de otros, se arranca de nuevo, se empieza otra vez, sin haber acabado porque la ilusión continúa. Una nueva temporada abre los ojos a un Racing que no baja los brazos, los usa para abrazar a los suyos, para seguir adelante, que aunque nunca alcanzó metas superlativas, su historia, su gente y sus vivencias lo hacen grande. Nuevo proyecto, vuelta de uno de sus hijos predilectos para dirigir su destino y dilatar su historia. Se renueva el plantel, se mantienen los puntales y se sueña con ascensos sin abrir si quiera la puerta del Cuvillo.

Con una afición harta de padecimientos, ávida de buenos tiempos, se le gana con fichajes biensonantes que en ocasiones no pasan de períodos a prueba, pero se amarra fuerte la venda con triunfos ante el Trebujena o la Roteña. Sea dicho con respeto, rivales menores que constituyen un espejismo que a algunos aún ciega.
Y el balón echa a rodar, la rabia de la lejanía se convierte en amargura cuando se encaja la primera decepción. La ocasión de resarcirse se produce cuando el balón acaricia el verde racinguista, de nuevo renovadas las ilusiones la parroquia portuense acude al templo rojiblanco, ni rezos ni proclamas, nueva derrota y a la cama.
Y se suceden los encuentros y se suceden las penurias, ni juegos, ni goles, ni el aparente deseo de la mejora. Muchas intenciones y pocas soluciones.

Pudiera culparse a la actitud, pudiera culparse a la calidad, a la lucha, a la capacidad, a lo que el prisma de cada cual le dicte acusar. Pudiera acusarse por tanto, pero ni tanto ni acuses, silencio, comprensión inaudita en tiempos pasados. Siete jornadas y nada, siete jornadas y seis puntos, sietes jornadas y una sola victoria, con tres goles el trayecto se antoja tortuoso. Que calle quien quiera, no siempre callar es ayudar, el silencio puede condenar; ni juez ni verdugo, que voy encendiendo las antorchas, que me voy rayando la cara con las pinturas de guerra.

Jugador que llegaste o estabas, escúchame bien jugador que aquí no se juega se lucha. Aquí no se visten camisetas aquí la camiseta es tu alma y mientras no se te enrojezca de bravía pasión desenfrenada, correrás, bregarás sin sentir nada. Y a cada paso las raíces que te afianzan al terreno, que aseguran tus pisadas, que te clavan, que te aferran a esta tierra de salitre perfumada. Siéntelo, hazlo tuyo y la victoria estará asegurada.

Álvaro Guerrero


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