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Puerto Apache


Me arden las venas

Irrumpió la histeria, entró de lleno, sin llamar siquiera, las puertas nadie se las abrió, ella le dio una patada y con una sonrisa macabra se presentó: “soy la solución, la más valiente y verdadera, la que esperabas desde hace tiempo… aunque tú no lo supieras”. Sobrecogido el portuense se escondió bajo su humildad, su querencia y su bandera, arriesgando su pobreza por la gloria venidera. Mientras en la puerta esperaban siniestros aquellos billetes negros.

Cansados de riquezas de pasión, de esperanzas, de triunfos malsonantes, convencidos del derecho a soñar y al más allá, invirtió el portuense su ilusión, al fin y al cabo, lo único que le queda y vio posible dejar de ser siempre quien aguanta la escalera. Pero la escalera se partió, no aguantó el peso de tanta mentira traicionera, quebró y cayó rotunda al rellano de Tercera.

Gobernados por la esquizofrenia, de un resalto, el portuense herido en su orgullo, se levantó con viveza, decidió luchar por lo suyo, por su equipo, por su tierra, desenvainó su espada y dijo: “¡qué alguien se atreva!”. Era diciembre cuando comenzó la guerra.

La histeria huyó, salió corriendo, yendo delante su padre con el rabo entre las piernas, repugnantes y cobardes, dignos de tal bajeza. Derrotados sin batallas, sin plantar cara, sin vergüenza. Entre la oscuridad más profunda de opacidad manifiesta, a base de sentimiento limpio, de amor y de pureza, volvió el portuense fiel, que nunca se fue, a barrer los escombros dejados por la rata más rastrera.

Cuál sería el momento en el que todo ocurriera, cual sería que ni la ignorancia más supina y más malvada que yo conocí me sugirió, ni a traición ni en broma pesada, que tales males existieran. Cuál sería la razón y cuales sus causas puñeteras, cuando ¡maldito sea el día! don parné pisó mi tierra. No hablo de mi tierra verde regada de caldos de oro fino, ni de la que siendo extensión infinita bella acuosa es mi tierra también. Y es que mi tierra se halla en todas aquellas almas que suspiran por su tierra, siendo tierra aquello que cada uno así lo quiera. Yo hablo de la que cada domingo me despierta con su himno, la que me emborracha de emociones tan distintas y tan sinceras, esa que me hace hermano del que como yo tiñe su corazón de ese intenso rojiblanco.

Inundado de preguntas sin respuestas, sobrepasado de impotencia, no alcanzo a entender cómo se puede vender el cariño a un pueblo, cómo se puede comerciar cual mercader rastrero “el te quiero más, el te quiero menos”. Y es que no lo puedo entender, que el amor hacia este bendito Puerto lo niveles, lo construyas con ladrillos. Y si no hay ladrillo, soga al cuello y que se ahogue, que se muera. Meses apretando el nudo, ansiando la plata de tus treinta monedas.

Para mí, que mi Puerto es mi estandarte, mi razón, mi sangre, que sonrío involuntario por sus calles, que respiro sus historias, que me baño en su memoria, que enloquezco por cada rincón, que me suena a música de gloria su nombre bien pronunciao… El Puerto de Santa María… si es que suena hasta a alegría. Cómo quieres que comprenda que el verdugo de su emblema, el mismo que le ató la soga hoy se siente frente a su pasado queriendo ser héroe de su futuro. Me arden las venas.


Álvaro Guerrero


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